«Verbo» (2011): Un corto demasiado largo.

Verbo es una de esas películas que me deja totalmente indiferente horas después incluso de verla. Está en ese límite que ni me parece tan mala como muchos la han castigado, pero hay que reconocer que tampoco es una gran película. Eso sí, el talento de su director Eduardo Chapero-Jackson – sí, a mí también me parece más que llamativo el nombre – se comprueba de sobra en toda la película. Película, que más que acercarse a la narrativa típica de un largometraje, se aproxima más al carácter personal, visual y arriesgado de un cortometraje. De ahí su escaso metraje – no más de 80 minutos –.

Y no es casualidad esta aproximación al cortometraje, ya que el director madrileño ha logrado consagrarse con su trilogía de cortometrajes A contraluz: Contracuerpo (2005), Alumbramiento (2007) y The End (2008). El primero de ellos, preseleccionado para los Oscar.

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Centrándonos en la historia de Verbo, yo la dividiría esencialmente en dos partes: en la “buena” y en la “mala”. Todo ello a través de la idea de la película: el sufrimiento de una adolescente algo antisocial que la llevará a debatirse internamente – demasiado – entre el suicidio o la vida.

La parte “buena” constituye los primeros cuarenta minutos aproximadamente. Aquí, Sara (Alba García) abre todos los frentes posibles para el desarrollo de la trama: su mejor amigo, su amor, la relación con sus padres, su comportamiento en el instituto, y el conflicto esencial: la búsqueda de un ser imaginario siguiendo pistas en graffitis. Todo intriga, emoción y hasta un buen guión, en esta primera parte digna de cualquier película de animación japonesa. Sí, sí. Animación japonesa. Que el instituto sea un escenario importante, que la protagonista presente un carácter antisocial y crea que no encaja en este mundo, y que el conflicto externo sea fantástico, corresponde perfectamente con el argumento de varios animes. Pero tristemente llega la parte “mala”. Ese sueño. Esa imaginación que transporta a Sara a un mundo fantástico que roza la estética del cyberpunk. Aquí es cuando empieza a desvariar la película. Se convierte en una especie de Sucker Punch malo donde el objetivo de la protagonista es evitar su propio suicidio. Debe recapacitar mentalmente y luchar contra el antagonista que no es otra cosa que su particular decisión de suicidarse. Sara tiene que decidir por qué vivir. Hasta aquí no parece tan mala la idea ¿no? pero esos personajes que la acompañan – todos ellos televisivos – en su oscura aventura provocan situaciones en muchas ocasiones ridículas. Ver a Miguel Ángel Silvestre hablando en verso es una de estas situaciones, por ejemplo. Por cierto, curiosamente, en esta parte de la película hay una escena realizada íntegramente con animación. Vaya, justo al contrario.

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El desenlace arregla un poco la parte “mala” de la película, pero no logra elevar su media ni mejorar su interesante planteamiento. Muchos conflictos se olvidan y personajes que iban a parecer primordiales, se pierden en el olvido. Aún así, queda una bonita metáfora final sobre quien es realmente Sara – o mejor, Verbo –.

La puntuaré con una barba de mierda pero con muchas aspiraciones a convertirse en una barba de tres días. Como he dicho al principio, me siento indiferente con esta película a ratos buena, a ratos ridícula.

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