«Al final de la escalera» vs «La señal»

Anoche aproveché mi contagio post Halloween para volver a ver Al final de la escalera. O más bien debería decir que para verla entera, porque si he de ser sincero, hasta entonces formaba parte de esa gran estantería de tantas películas que doy por vistas y de las que me permito opinar – y aún peor, poner nota –  cuando realmente sólo he llegado a ver unos treinta o cuarenta minutos de escenas sueltas. Así soy yo y no tengo remedio, pero bueno. Al lío.

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Siendo una producción de hace casi cuatro décadas, canadiense y de bajo presupuesto, era consciente de que cualquier intento de efecto especial de la época conseguiría reunir en mí las fuerzas necesarias para levantarme del sofá y apagar. Sin embargo no fue así. Al final de la escalera no es una obra maestra – ni de aquel entonces ni de ahora – pero la trama y algunos pequeños detalles hacen que merezca la pena para una tarde de esas en las que no hay mucho más que hacer. Algo que agradezco del cine de terror antiguo es que no tengo que estar pendiente de si ahora viene un susto o de si me voy a quedar con el corazón en la mano en el siguiente plano. Eso no es miedo y a mí siempre me ha parecido ir a lo fácil. Punto a favor desde el principio.

ATENCIÓN: ¡SPOILERS!

De todos modos, lo que de verdad tiene chicha en Al final de la escalera es la trama. Viéndola ahora con perspectiva y desde una posición tan alejada temporalmente, quizás no sorprenda tanto, pero es que ya en aquellos años el film se las ingeniaba para presentarnos cada uno de los elementos con un marcadísimo y trabajado ritmo que conseguía llegar fresco hasta el final. Durante los ciento nueve minutos que dura, nos vamos enterando de que un niño con una enfermedad discapacitante había sido encerrado en la habitación más alta de una gran mansión – de ahí el título -. De que había sido asesinado por su padre. De que desde entonces su hobby preferido era manifestarse a través de fenómenos paranormales y de que ahora, lo que quedaba de su cuerpo, se encontraba en el fondo de un viejo pozo cerca del mar. Todo extrañamente familiar, ¿verdad?

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Efectivamente: es The Ring. Me duele mucho decirlo, pero probablemente sea de los mayores plagios que he visto nunca. Ya sé que el cine de terror bebe a menudo de los clásicos y todo eso, pero esto es otra cosa. Esto va más allá de coger ciertos esquemas o de inspirarse en tales otras escenas. Esto es un calco. Aunque reconozco que los más de treinta años que separan a ambas – y los tropecientos millones movidos por la última – han conseguido camuflarlo todo bastante bien.

Y es una lástima porque como pudisteis leer en el especial Top3 de Halloween, yo tenía a The Ring por las nubes y como una peliculaza de terror de las que marcan época. Y como yo, creo que muchos. Pero en fin, que no, que tanto la versión americana como la japonesa ya existían treinta años antes de su estreno y habían sido dirigidas por Peter Medak y escritas por William Gray y Diana Maddox.

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The Ring ha sido de algún modo mis reyes magos del cine de terror. Un chasco de los gordos y totalmente a destiempo, que deja aún con más cara de tonto. Lo peor de todo es que ahora ya no sólo veré con otros ojos a The Ring, sino que, por el propio hecho de haberla visto, no he podido apreciar como se hubiese merecido la obra de quien de verdad tuvo la idea. La película de quienes de verdad escribieron esa macabérrima historia que para mí había sido durante mucho tiempo cosa de genios.

Maldito cine.

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